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Lambeth Conference 1998 Archives

 

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22 JUL 98 . LC034e

Homilía en Oración Vespertina Ecuménica en Lambeth, 20 de Julio de 1998

Edward Idris Cardenal Cassidy Presidente, Consejo Pontífico para la Promoción de Unidad Cristiana

Cantórbury

Su Ilustrísima, queridos hermanos y hermanas en Cristo,Estoy muy agradecido al Arzobispo de Canterbury por su amable invitación a predicar en este servicio ecuménico de Vespertina al ponerse en marcha la Conferencia de Lambeth. Me siento honrado dirigirme a ustedes. Como Presidente del Consejo Pontífico que ayuda al Papa Juan Pablo II y toda la Iglesia Católica con la tarea de promover la unidad de todos los discípulos del único Señor y Salvador Jesucristo, trato la invitación con mucha seriedad.

En lo que me atrevo a decir no presumir a hablar en nombre de todos los otros invitados ecuménicos. No obstante, estoy seguro que sí puedo decir de parte de todos cuánto apreciamos la oportunidad de compartir este momento importante en la vida de la Comunión Anglicana cuando el segundo milenio cristiano se acerca a su fin. Todos oraremos que la vida de Cristo en sus iglesias, y su unidad la una con la otra, se profundice a través de esta Conferencia.

Durante los últimos treinta años, más o menos, hemos visto nuestra relación renovada, nuestra hermandad redescubierta. Ahora son normales para la mayoría de iglesias y comunidades cristianas un compromiso a buscar la unidad visible, los contactos realzados, el diálogo y discusión. En particular, rezar por la unidad, como hacemos aquí esta tarde, se ha hecho algo común y corriente. Todo esto es el fruto de la gracia de Dios, por la cual no cesamos de darle gracias. Al mismo tiempo, a la medida que el compromiso ecuménico pierda su novedad, hay nuevos riesgos de los cuales voy a hablar en un momento.

Nuestra oración por la unidad muchas veces hace referencia a la oración sacerdotal de Jesucristo en el capítulo 17 del Evangelio según San Juan. Parece a veces, posiblemente, que sus palabras se utilizan casi como una cita de prueba ecuménica -- cuando las cosas se hacen difíciles, volvemos a ellas para recordarnos que acá el Nuevo Testamento habla con especial claridad sobre la unidad. Necesitamos algunas anclas en las tormentas, pero el significado de San Juan capítulo 17 es más grande que eso.

Dentro de los muchos motivos por buscar la unidad crisitiana, el más fundamental es el deseo de hacer la voluntad de Cristo. Lentamente, nuestras iglesias han estado aprendiendo esta lección de nuevo, especialmente mediante la reflexión sobre la oración de Cristo en los versículos 20-21: "Ruego no sólo por éstos, sino también por todos aquellos que creerán en mi por su palabra. Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mi y yo en ti". Cuando esta oración, que es también nuestra oración, sea contestada, puede ser que haya , realmente, más eficiencia, mejor mayordomía de recursos, o la eliminación de la competitividad, quizás haya soluciones a más preocupaciones también. Pero, más importante, nos habremos hecho más obedientes a la voluntad de Cristo para su Iglesia.

Es claro que el Evangelio de San Juan nos desafía a buscar una unidad especial y exigente. Es la unidad en la verdad, una unidad fundada en una obediencia más fiel a cada aspecto del Evangelio de Cristo. Nuestra unidad debe reflejar la unidad entre Cristo y su Padre la cual se manifestó en la obediencia del Señor en todas las cosas aun hasta la muerte. Glorificó al Padre en terminar la obra que le había encomendado. (cf. Jn 17: 3-4). "Lo conozco y guardo su palabra", dice Jn 8:55). "Yo no he hablado por mi propia cuenta , sino que el Padre, al enviarme, me ha mandado lo que debo decir" Jn 12:49). A los que lo siguen le ha dado a conocer todo lo que aprendió de su Padre; ellos serán sus "amigos" si cumplen lo que él les manda (cf. Jn 15: 14-15). "El mensaje que recibí se lo he entregado a ellos" (Jn 17:8). Antes de orar por la unidad de ellos, pide al Padre: "Conságralos mediante la verdad: tu palabra es verdad" (17:17). Como lo expresó la primera declaración de ARCIC sobre la Autoridad, "La Iglesia es una comunidad que conscientemente busca someterse a Jesucristo"1. El Señor da su Espíritu para crear y perfeccionar esta koinonia2.

Si vamos a alcanzar una unidad fundada en una fidelidad tan profunda, tiene que haber una conversión continua. El Segundo Concilio Vaticano subrayó esto en su Decreto sobre Ecumenismo con estas palabras extraordinarias: "No puede haber un ecumenismo que valga el nombre sin una conversión de corazón"3. El Papa Juan Pablo II, en su Encíclica, similarmente, introdujo su consideración de la práctica del ecumenismo con una reflexión sobre la renovación y la conversión4. Habiendo expresado la convicción que la misión del Obispo de Roma "está especialmente dirigida hoy día a recordar la necesidad de plena comunión entre los discípulos de Cristo."5, pide que todos se unan con él en orar for su conversión imprescindible si él, como Pedro, ha de servir a sus hermanos6. Para verdaderamente desear la unidad tenemos que rezar por nuestra conversión a Cristo y a su verdad.

Por qué, entonces, mencionar el riesgo, como hice antes? Por dos motivos. El primero viene si bajamos nuestra vista. Se expresan dudas si jamás vamos a alcanzar nuestra meta de la unidad plena visible. No debemos de concentrar en metas de corto plazo, una comprensión y cooperación más grande, la coexistencia pacífica (que, creo, al final sería ilusoria)? Hace tres años el Papa Juan Pablo II dijo, sin ambigüidad que la Iglesia Católica sigue siendo comprometida irrevocablemente al restablecimiento de la unidad visible completa entre todos los bautizados7. Si creemos que la Iglesia es una, santa católica y apostólica, entonces la comprensión mutua y la convergencia doctrinal, aunque vitales, no pueden ser suficientes.

La segunda amenaza es más insidiosa. Viene cuando la oración por la unidad y el compromiso ecuménico son divididos en distinto compartimientos sellados herméticamente de otras áreas de la vida de la Iglesia y de sus decisiones. Si estos son sólo una parte de una serie de preocupaciones, tal vez relegados a los entusiastas, el imperativo ecuménico se hace sutilmente marginalizado. Líneas diferentes, decisiones importantes, en otras áreas de la vida de la Iglesia pueden estar en conflicto con él, y pueden hasta socavarlo. El compromiso a la unidad es relativizado si la diversidad y las diferencias que no pueden reconcilarse con el Evangelio al mismo tiempo están acogidos y exaltados. Es cuestionable cuando el pluralismo dentro de la Iglesia llega a estar considerado como una clase de bienaventuranza 'posmoderna'. Se perderá de vista totalmente si la obediencia radical, y la necesidad de hacer las decisiones costosas de un discipulado fiel son rechazados por un énfasis exagerado en nuestra bondad innata, menospreciando la realidad del pecado en nuestras vidas y en el mundo, y también el poder de la redención de Cristo y la posibilidad llena de gracia de la conversión. No estamos experimentando, en realidad, nuevas divisiones profundas entre cristianos como resultado de opiniones contrastantes de la sexualidad humana, por ejemplo? Cuando actitudes así predominan, la discordia entre cristianos permanecerá sin resolver. Además, la desunión se pone cada vez más seria dentro de la iglesias que están todavía separadas. La proclamación autoritativa del Evangelio es disminuida.

Creo que esta Conferencia va a prestar bastante atención al Informe de Virginia. Tiene que ver con la manera de que la Iglesia Anglicana hace decisiones autoritativas, que al final, significa como el Evangelio va a ser proclamado. Ustedes han compartido este informe con sus compañeros ecuménicos Esta es una señal de su confianza en nosotros. Muestra que estamos unidos de un grado imperfecto, pero auténtico, de comunión, como hermanos y hermanas en Cristo, de modo que las vidas de nuestras Iglesias tengan que ver cada vez más la una con la otra. Espero que también represente una consciencia de la importancia de la renovación y el fortalecimiento8 de los instrumentos anglicanos de comunión para el progreso hacia la comunión completa entre la Comunión Anglicana y la Iglesia Católica.

Desde el principio del diálogo Anglicano-Católico, la Autoridad en la Iglesia ha tenido un lugar prominente en nuestras conversaciones. En realidad, es central a cómo y por qué hemos divergido. Mucho progreso fue hecho antes del primer ciclo de ARCIC, y la Comisión actual posiblemente complete otra declaración unida. Nos estamos dando cuenta más y más en nuestro diálogo teológico lo importante que es la cuestión de autoridad para poder lograr un progreso genuino hacia la unidad. Enfrentamos constantemente preguntas fundamentales que exigen una respuesta. Cuáles son los medios concedidos a la Iglesia de Cristo para asegurar que las Buenas Nuevas están proclamadas con autoridad? Cómo va a transmitir en su totalidad lo que nosotros mismos hemos recibido (cf. 1 Cor 15:3), lo que fue visto y oído (cf. 1 Jn 1:3)? Cómo van a responder los cristianos a nuevas cuestiones y seguir fieles al Evangelio de Cristo? Cómo se ejerce apropiadamente la autoridad de Cristo a los distintos niveles de la Iglesia? Y cuando lleguemos a un acuerdo ecuménico, pueden nuestras Iglesias reconocerlo autoritativamente de modo que estén seguros que los resultados se incorporan en sus vidas? Repetidamente, tales preguntas nos conducen de nuevo a la visión de San Juan de la unidad en obediencia amorosa y fiel.

Estamos involucrados en el diálogo porque sabemos que los hermanos y hermanas en Cristo debemos ser capaces de dar un testimonio unido de él. Lo que pasa en una comunidad cristiana afecta a otras. La profundización de comunión dentro de cualquier Iglesia Cristiana es un regalo a las otras; su debilitación nos disminuye a todos. En el proceso de reflexionar sobre cómo se ejerce la autoridad en la Comunión Anglicana, rezo que sus deliberaciones cunduzcan a un fortalecimiento de aquellas "restricciones de verdad y amor", de las cuales habló la Conferencia de1920. No constituyen una limitación del Espíritu Santo. Más bien, son obra de él al guiarnos a la verdad completa en decir "solamente lo que ha aprendido" Qn 16:13). El Espíritu, para citar otras palabras de ARCIC "protége la fidelidad [del Pueblo de Dios] a la revelación de Jesucristo".9

Quiero expresar en amor cristiano la preocupación de la Iglesia Católica cuando nuevos desacuerdos surgen de nuevas y confictivas interpretaciones del Evangelio, especialmente donde estos tocan el ministero e imponen tensiones sobre la comunión eclesial, sobre todo, en la Eucaristía. El Informe de Virginia seguramente tiene razón en argumentar que "Siempre la praxis teológica de la iglesia local debe ser consistente con la verdad del Evangelio que pertenece a la Iglesia universal"10; y que la Iglesia universal a veces tiene que "decir con firmeza que un práctica o teoría local específica es incompatible con la fe cristiana"11. En las palabras de ARCIC, "Una iglesia local no puede ser verdaderamente fiel a Cristo si no desea fomentar la comunión universal, la encarnación de esa unidad por la que rogó Cristo"12. No es alguna forma de autoridad universal el corolario de la comunión al nivel universal, aun cuando los cristianos están en camino hacia la plena comunión? De verdad, el Espíritu concede una diversidad de dones pero su propósito es que "todos alcancemos la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios" (Ef4:13).

Al entrar en el tercer milenio, el Señor resucitado todavía nos llama a ir a hacer discípulos de todas las naciones (cf. Mat 28:19). Hasta donde la Iglesia ha estado por mucho tiempo hay muchos que no han escuchado el Evangelio predicado y en su búsqueda del significado se han vuelto a otras creencias y supersticiones. El movimiento ecuménico nos ha enseñado a no tener más complacencia acerca de los efectos sobre la misión y evangelización de nuestra discordia y voces conflictivas. Puede ser que nuestras divisiones hayan contriuido al desarrollo en nuestra sociedad de una actitud independiente,auto-suficiente, a la carte, hacia lo que se debe creer y cuáles decisiones son importantes. En obediencia a Cristo tenemos que dirigirnos al mundo con comprensión, pero con claridad y convicción, de las Buenas Nuevas de la vida eterna en Jesucristo. Qué cada uno de nosotros oiga la urgencia en la súplica del Señor por la unidad - "Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mi y yo en ti....para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17:21).

 

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