20 JUL 98 . LC024e
Alocución presidencial del Arzobispo de Cantórbery a la XIII Conferencia de Lambeth
CantórburyTransformación y renovación
Luego de toda la planificación de los últimos años, fue maravilloso para mí estar en la Catedral en la mañana de ayer y poder decir con todos ustedes "sí, nuestra XIII Conferencia de Lambeth ya ha comenzado". Con frecuencia me preguntan : �Cuál es el objeto de todo esto?" y ustedes recordarán que la mismísima primera Conferencia comenzó con esa clase de preguntas y críticas. Hubo una cierta frialdad dentro de la Iglesia de Inglaterra cuando el arzobispo Longley abordó por primera vez el tema. Un cierto número de respetables obispos manifestaron su oposición y el Arzobispo sintió incluso la indiferencia de la Abadía de Westminster cuando el Deán Stanley no permitió que la Conferencia celebrará el oficio de clausura en la Abadía.
Fuera de la Iglesia estaban los que no podían ver el propósito [de esa reunión]. El comentario de The Times fue: "esta especie de té eclesiástico en el que algunos caballeros de 70 años se complacerían en una charla amable sobre política religiosa...sería un modo de malgastar su tiempo y su energía en sueños imprácticos". Punch publicó una caricatura de los obispos lavando sus trapos sucios en público. The Daily Telegraph leyó la Carta Pastoral con "respetuosa melancolía".
Vean ustedes que algunas cosas como la crítica nunca cambian. Aunque supongo que muchos cuyos puntos de vista eran tan negativos después de la primera Conferencia se asombrarían de vernos reunidos hoy para la XIII Conferencia de Lambeth. Más de 800 obispos 36 diferentes provincias con más de 600 cónyuges, que compartirán su propio programa separado. Tal es el crecimiento de nuestra Comunión. Ellos también se sorprenderían de ver mujeres obispos entre ese grupo por primera vez. Y quiero decirles como Presidente que me place recibirlas.
Al reunirnos, pues, quiero compartir con ustedes mi esperanza y anhelo personales de que todos nosotros podamos ser conducidos a un discipulado más radical, conformado por el poder transformador de Dios mediante la transformación de nuestras vidas.
Durante muchos meses he tenido tan sólo una imagen bíblica en mi mente que quisiera compartir con ustedes. Es la del penúltimo capítulo del Apocalipsis de San San Juan, donde San Juan describe la visión cristiana de Dios. Un cuadro glorioso de la ciudad de Dios, con Dios -Alfa y Omega- en medio de su pueblo con el clamor triunfante: "�He aquí yo hago nuevas todas las cosas!"
Y hay una extraordinaria ironía en ello, �no es cierto? Que todos podemos reconocer y apreciar. Allí está Juan en la isla de Patmos, rodeado por un mar infranqueable -al menos para él, en un exilio impuesto- a quien le presentan tales visiones de la grandeza y santidad de Dios junto con la violenta denuncia de todo lo que se opone al gobierno y reinado de Dios. No hay duda que había muchas razones para alentarle, y así también a nosotros: Dios estaba obrando en el mundo, la Iglesia crecía, la fidelidad de la gente era extraordinaria y la gracia de Dios en ocasiones casi palpable. Pero había también desalientos y desilusiones. Él estaba preso, después de todo. Conocía muy bien el desaliento de la persecución, la desilusión que uno siente cuando los demás lo abandonan, y cuando a veces el mismo Dios parece estar lejos.
Y podemos identificarnos con este tema de bendición y desilusión. Desde que nos reunimos hace diez años ha habido muchas bendiciones que podemos recontar. �Quién podría haber pronosticado en 1988 que dentro de 18 meses el comunismo europeo como una gran potencia ideológica se desplomaría con la caída del Muro de Berlín? �Quién podría haber previsto entonces que en el transcurso de unos pocos años cesaría la realidad del apartheid en Sudáfrica sin guerra civil? �Quién habría creído que incluso ahora, en medio de todo lo que aún nos amenaza, pudiéramos estar a punto de alcanzar la paz en Irlanda del Norte? �Quién habría creído que uno de los resultados de la última Conferencia, el llamado a hacer de los noventa una "Década de la Evangelización" podría haber sido tan efectivo en tantas provincias? Hemos sido bendecidos y hemos sido sorprendidos por la bondad y generosidad de Dios.
Sin embargo, también ha habido muchas desilusiones. Hemos visto al país de Ruanda quebrantado por un acerbo conflicto racial y a nuestra propia Iglesia allí tristemente dividida en dos. Aunque nos regocija que nuestra Iglesia en Ruanda está actualmente íntegra, lamentamos el hecho de que más de 800.000 personas fueran asesinadas en ese genocidio. La guerra en el Sudán prosigue encarnizadamente y como resultado ese país tiene demasiadas viudas y demasiados huérfanos. Nos regocija resaltar el cese al fuego que se convino la semana pasada para dejar que la sufrida población de Bakr El Gazel pueda recibir ayuda. Pero lo que hace falta es el fin de la guerra y una paz duradera basada en justicia y libertad para todos. Espero que nuestra Conferencia envíe un enérgico mensaje al gobierno sudanés y a la SPLA.
La pobreza y el hambre acechan en demasiados países donde los anglicanos sirven; el virus del SIDA es una maldición en demasiados países; siega la vida de millones. La ignorancia y la falta de oportunidades educativas mantiene en el atraso a millones de jóvenes. El Presidente del Banco Muncial con quien nos reuniremos el viernes nos ha dicho que "tres mil millones de personas viven por debajo de un salario de dos dólares diarios. Mil trescientos millones viven por debajo de un dólar al día. Cien millones padecen de hambre diariamente. Ciento cincuenta millones nunca tienen la oportunidad de ir a la escuela". Estas son las terribles, pavorosas estadísticas detrás del tema de la exoneración del peso de una deuda impagable que discutiremos como un elemento importante en esta Conferencia.
Y éste es nuestro mundo. _Éste es el mundo en que trabajamos y vivimos, el mundo en que somos llamados a servir y a testificar.
�Y quién no ha conocido el desaliento y la desilusión no sólo en el mundo en que trabajamos, sino en el cumplimiento de las tareas que se han cumplido? Aunque nuestras circunstancias no son tan drásticas, con frecuencia nos parece ver muy magros resultados para nuestro afán. Podemos sentirnos marginados, especialmente si nuestra declaración del amor y la soberanía de Dios es ignorada o descartada.
Estas experiencias son las que todos los cristianos de cada generación deben enfrentar con honestidad. Ninguno de nosotros es inmune a ellas y aquellos que han venido a esta Conferencia fatigados, trasquilados, física, mental o espiritualmente, puedo alentarles a utilizar este tiempo para la renovación espiritual mediante el culto, mediante el silencio, mediante conversaciones y a través de la oración. No gasten demasiado tiempo corriendo de una actividad a otra-o haciendo cola para comer- porque se perderán lo mejor que Dios quiere darles. Procurar la salud espiritual, mis hermanos y hermanas, es tan vital como procurar la salud física.
Sin embargo, si la experiencia de la desilusión y el desaliento es parte de nuesta vocación cristiana y una que espero que honestamente compartamos los unos con los otros, mal andaríamos si nos limitáramos durante las próximas tres semanas a la autoconmiseración o a la mera introspección. Aunque el mal parece prevalecer en tantos lugares, y de tantos modos, el desafío que tenemos ante nosotros es la de presentarle al mundo una visión genuina del Dios de amor y justicia que es el comienzo y el fin de todas las cosas. El Dios que declara: "he aquí yo hago nuevas todas las cosas" es el mismo Señor que llamó a un rabí intenso e inquisitivo de nombre Saulo, a decir a los cristianos de Roma después de su conversión: "transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento". Es el mismo Señor, también, quien es el Presidente invisible de nuestra Conferencia y quien nos llama a ser un pueblo transformado con un proeycto de renovación.
Así, pues, �qué podría significar esto en términos prácticos para los que nos encontramos reunidos aquí? Puedo sugerir que hay cuatro áreas principales en las cuales debemos concentrarnos: La renovación de nuestra visión, de nuestra Iglesia, de nuestra misión y de nuestra vocación como obispos.
Primero se requiere una renovación de nuestra visión. Ireneo, el gran obispo y teólogo del siglo II, tuvo una maravillosa visión de Dios y de su actividad en el mundo. Y esto es algo que también debemos adoptar. Para él, Cristo había redimido todas las cosas. Todas las cosas alcanzarían su consumación cuando "Dios sea todo en todos". Esa es un visión asombrosa cuando uno recuerda que Ireneo era el obispo de diminutas congregaciones cristianas en lo que ahora es el sur de Francia, en medio de una gran hostilidad y, a veces, de la persecución. Frente a tales pruebas, la respuesta de Ireneo no fue abandonarse a la desesperación o a la desilusión sino más bien profundizar en su comprensión de Dios cuya voluntar es "reunir todas las cosas en los cielos y en la tierra en Cristo". El ministerio de Ireneo, a pesar del contexto realmente atroz en que se desempeñó, es un desafío a todos nosotros en nuestro propio día, con sus infalible optimismo en Dios. El escribió:
Porque así como Dios es siempre el mismo, así el ser humano que se encuentra en Dios siempre progresa hacia Dios. Ni Dios cesará en ningún momento de dotar a la humanidad de beneficios y riquezas; ni la humanidad cesará de recibir estos beneficios y de ser enriquecida por Dios. Porque el ser humano que está agradecido de su creador es el vaso de su bondad y el instrumento de su glorificación (AH IV. 11.1-2).
�Qué amplísima visión de la generosidad y la bondad de Dios! Y en ella él nos da una clave de cómo nosotros, en esta Conferencia, una familia de líderes cristianos, podemos ser transformados en nuestro ministerio, mancomunada e individualmente. Esa clave es una sincera y sencilla gratitud a nuestro Dios: gratitud practicada diariamente, gratitud pacticada a cada hora; gratitud que nos hace vasos vivientes de alabanza. Porque nos hace -incluso a nosotros- "vasos de la bondad de Dios" e "instrumentos" por los cuales Dios será glorificado. Esa es la primera -y maravillosa- tarea de esta Conferencia: ser un lugar de transformación y de renovada visión, por el bien de la Iglesia de Dios y, lo que es aún más importante, del mundo.
Es demasiado fácil perder de vista el cuadro total por los detalles de nuestros atareados ministerios. En uno de sus libros Alec Vidler comenta: "Los hombres relacionan a la Iglesia, no con el encuentro perturbador y renovador con un Dios Santo, sino, como alguien ha dicho, con "oficios sin atractivo, tediosas homilías, el olor de los himnarios, la poca monta de las funciones eclesiásticas, la bandeja de las ofrendas, una opresión debida a la falta de oxígeno y los recuerdos de la Escuela Dominical".
Y, con cuanta frecuencia, ese tipo de experiencia estrecha ha distanciado a las personas de la poderosa realidad de la fe cristiana. Aquí en esta Conferencia, tenemos la oportunidad de traer y compartir los unos con los otros todos los desalientos, así como las alegrías, de las culturas de las cuales provenimos; todas las diferentes interpretaciones y divisiones de la Comunión Anglicana, así como todo lo que nos une. Podemos traer todas estas cosas para que sean transformadas por el poder del Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, y celebrarlo con gratitud; gratitud a nuestro Soberano Dios que hace de todo ello algo realmente nuevo, algo que proclama su bondad.
De manera que es mi esperanza que nosotros discutamos acerca de nuestra teología tanto como de los problemas que nos dividen porque las soluciones sólo surgirán de un auténtico encuentro en gratitud con el Dios viviente.
�Y no es éste un desafío particular para la I Sección con su visión puesta en el "ser plenamente humano?" �Esta sección estará particualrmente ocupada con tantos problemas controversiales: el medio ambiente, la libertad, y la deuda internacional -para no mencionar la sexualidad humana!
Espero, por supuesto, que veremos el logro de un auténtico progreso a lo largo de las tres semanas en la medida en que procuramos escuchar cuidadosamente lo que el Espíritu está diciéndole a las iglesias. El peligro puede estar, no obstante, en una súbita inmersión en los problemas, con el resultado de que la verdadera escala de la realidad divina se olvide mientras nos concentramos en los detalles. Ojalá todos nos sintamos instados a dedicar mucho tiempo a una teología verdaderamente grande acerca de la asombrosa belleza, poder y maravilla de Dios, así como vamos a dedicarnos a las preguntas relativamente pequeñas que hacemos constantemente acerca del modo en que debemos comportarnos en relación con su gloria y su bondad. Los muchos problemas del mundo que encaramos se descubrirán en su verdadera perspectiva tan sólo si los enfrentamos serenamente en el contexto de nuestra agradecida certeza del amor soberano de Dios; el Dios que puede transformar lo que es mortal y mortífero dentro de nosotros; el Dios que "lleva a cabo sus propósitos mientras pasan los años".
Esto me lleva a mi segundo punto. Porque así como buscamos una renovasión de nuestra visión debemos decidirnos a buscar una renovación de nuestra Iglesia. Aquí necesitamos, creo yo, comenzar con un jubiloso reconocimiento de la bondad de Iglesia y de la gracia de Dios que nos llega a través de ella, y con una profunda gratitud por ello. E. Stanley Jones, misionero en la India, solía decir: "�amo a mi madre a pesar de sus arrugas!" Y nosotros amamos a la Iglesia porque a través de ella encontramos la fe en Crito, la esperanza, la bendición y la renovación. No debemos alistarnos entre aquellos que la desprecian, la denigran o hablan mal de ella. A veces me siento muy triste cuando hermanos anglicanos se mofan de nuestra Iglesia públicamente, y la critican sin equidad. Cuando hacemos eso no estamos siguiendo a nuestro Señor que "amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella". Ella es, ciertamente "esa prolongada magnificencia" que dijera Edwn Muir al rendir su tributo a la Iglesia a través de los siglos.
Y a partir de ese contexto de amor por la Iglesia de Dios, a través de nuestros conflictos teológicos, trabajando con personas de diferentes tradiciones a la nuestra, descubrirenos, creo yo, nuevas e inesperadas riquezas. Fue Archibald Tait, Obispo de Londres y más tarde Arzobispo de Cantórbery, quien comentaba irónicamente hace exactamente un siglo y en medio del debate que suscitó la publicación de un libro titulado Essays and Reviews: "el gran mal es que los liberales son deficientes en religión, y los religiosos son deficientes en liberalidad. Oremos por un derramamiento del verdadero espíritu de verdad".
Y oremos también por la renovación de la Iglesia mediante un derramamiento de ese mismo Espíritu. En un mundo donde tanta gente habla en términos extremistas, y pretende que su percepción de la verdad es la única que cuenta, recordemos que siempre hemos sido una Comunión donde la diversidad y la diferencia han sido apreciadas y ciertamente celebradas. Brian Davis, que fuera Arzobispo de Nueva Zelanda fallecido hace sólo unas pocas semanas, y a quien le echamos mucho de menos todos nosotros, escribió estas espléndidas palabras en su libro The Way Ahead (El camino a emprender): "La Iglesia Anglicana, si bien no pretende ser la forma definitiva de cristianismo, tiene la ventaja de mantener la fe y el orden de la antigua tradición católica, así como la libertad y el espíritu evangélico de la tradición protestante. La via media anglicana ha promovido el desarrollo de la tolerancia, la libertad y la generosidad de espíritu. No somos una institución coercitiva, sino que dependemos de la persuasión amistosa. Dentro de nuestras estructuras de gobierno sabemos, la mayoría de las veces, cómo debatir y luchar con equidad. Somos también una Iglesia inclusiva que acoge a quellos cuya fe es frágil e incierta, así como a aquellos cuya fe es firme y heroica" (204).
Pero para que no se me entienda mal, no abogo por un tipo de inclusión anglicana vaga e indefinida o dudosa respecto a los fundamentos de nuestra fe. Ciertamente no. Tenemos un firme comprensión de una fe basada en los credos históricos, arraigada en la Sagrada Escritura. Esto es primordial y fundamental y existen fronteras para nuestra fe y normas morales las cuales franqueamos a nuestro riesgo. En las magníficas palabras de nuestro Informe de Virginia: "los anglicanos afirmamos la autoridad soberana de las Sagradas Escrituras como el medio a través del cual Dios por el Espíritu Santo comunica su palabra a la Iglesia y, de consiguiente, capacita a las personas a responder con comprensión y fe. Las escrituras son "testigos singularmente inspirados de la revelación divina" y la "norma fundamental de la fe y vida cristianas".
Pero es importante proseguir con la próxima sección del Informe de Virginia: "Las Escrituras, sin embargo, deben ser traducidas, leídas y comprendidas, y captado su significado a través de un proceso continuo de interpertación. Desde el siglo XVII los anglicanos hemos mantenido que la Escritura ha de ser entendida y leída a la luz que ofrecen los contextos gemelos de 'tradición' y 'razón'".
Y, por supuesto, �eso no significa que usemos términos como "tradición| y "razón" como pretextos para hacer todo lo que querramos! Lo que sí significa es que hay una interrelación de Biblia, tradición y razón que nunca socava la primacía y autoridad de la Escritura.
Como dijo el obispo Rowan Williams en su plática de esta mañana: "La roca es Cristo y nosotros cavamos profundamente en esa roca|. Una teología que se enfrenta con el texto de la Escritua a la luz de la fe de la Iglesia a través de las edades, el escrutinio de la razón y la experiencia de los cristianos en la Iglesia y en el mundo de hoy es en lo que creo que debemos trabajar a lo largo de las próximas tres semanas. Y adondequiera que esas discusiones puedan llevarnos, nunca nos olvidemos que se trata de personas, de nuestros hermanos y hermanas en Cristo, que se sentirán profundamente afectados por cualquiera que sea la posición que tomamos.
Ahora bien, ya he dicho que existen fronteras más allá de las cuales no podemos aventurarnos si hemos de ser fieles a todo lo que hemos recibido y a nosotros mismos como anglicanos hoy. Pero, decir eso es suscitar la pregunta: "si la Comunión Anglicana es una familia de iglesias interdependientes, y la Conferencia de Lambeth no tiene ninguna fuerza doctrinal obligatoria, �en qué sentido podemos hablar de la Comunión Anglicana?
Y aquí necesitaremos encarar tanto la fuerza como la debilidad de nuestra forma de estructura eclesial. La debilidad que algunos perciben es que no se trata de una forma jerárquica, monárquica de autoridad piramidal "de arriba hacia abajo". En ausencia de cualesquiera clases de estructuras universales de colegiatura que pudieran determinar cómo debe actuar cada provincia, existen los que, en consecuencia, quieren asignarle al Arzobispo de Cantórbery un papel más "monárquico". Ahora bien, no sólo nuestra Comunión ha rechazado firmemente esta opción, sino que �así lo han hecho todos los arzobispos de Cantórbery en los _ultimos años! Pero si nos hemos distanciado de tal autoridad centralizada en la Sede de Cantórbery, también nos hemos distanciado del fortalecimiento de los otros vínculos de la unidad: el Consejo Consultivo Anglicano, la Reunión de los Primados y la Conferencia de Lambeth. En ellos colocamos estructuras de consulta, pero no para tomar decisiones jurídicas que sean obligatorias para la Comunión como un todo.
Así pues, si nos reunimos como una fraternidad de iglesias nacionales autónomas, �en qué forma realista podemos pretender ser un "Comunión?"
La respusta se encuentra, creo yo, en lo que compartimos y sostenemos en común. Una herencia común de doctrina, fe, liturgia y espiritualidad; una comprensión de la autoridad tal como se expresa a través de una autoridad "dispersa", más bien que centralizada; el liderazgo episcopal ejercido en conjunto con el gobierno sinodal. No nos excusamos por esta forma de gobierno que tiene verdadera solidez, porque las formas conciliares de consulta son vigorosas y ricas.
En las palabras de concusión de su excelente libro Unashamed Anglicanism , el obispo Stephen Sykes dice que: "el modo natural de eclesiología (anglicana) es permitir el debate, el desacuerdo y el conflicto como una parte normal de su vida. Ello proprocionará una estructura para el don divino del discernimiento y el liderazgo y para la comprensión y el consentimiento; y esa estructura ha de ser adecuada para diferentes modelos de autoridad en diferentes culturas y diversos tiempos".
Ciertamente, esto queda expuesto a las acusaciones de "desorden" e "incoherencia". Sin embargo podemos defender nuestra posición orgullosamente porque las alternativas siguen siendo el autoritarismo y la asfixias de la conciencia individual. Y si es cierto, como John Henry Newman una vez comentó, que "toda organización al parecer comenzaba con un profeta y terminaba con un policía", parece que hemos evitado con éxito esa crírtica.
Sin embargo, debemos atesorar nuesta Comunión como un don de Dios y también prestarle atención a la tensión entre lo "local" y lo "universal". Estar en comunión significa que la "iglesia local" expresa y abarca la fe de la Iglesia universal. En verdad, eso es exactamente lo que significa ser "católico". Y para las diócesis, las provincias y la Comunión misma, significa llevar el paso; mantener la unidad en todos los tiempos. Para citar al Dr. Paul Avis en la última edición de Theology: "�Practicar la gracia de andar juntos sin restricciones coercitivas es la especial vocación del anglicanismo en nuestro mundo plural!"
A la luz de estas reflexiones quedan muchas preguntas prácticas que debemos hacernos si hemos de estar abiertos al renovador Espíritu de Dios. �Cómo podemos estar juntos cuando hay difíciles decisiones que nos dividen? �Cómo podemos ser líderes más eficaces de nuestras provincias, diócesis e iglesias? Y de nuevo el Informe de Virginia hace inquisitivas preguntas teológicas y prácticas acerca de nuestras estructuras que confío que esta Conferencia abordará adecuada y responsablemente.
Al hacer eso, debemos recordarnos a nosotros mismos que el anglicanismo nunca se ha considerado una forma final de cristianismo. Al igual que muchas iglesias, miramos al futuro, a la promesa de Dios de una Iglesia transformada y renovada cuando todos seamos, visiblemente, Una, Santa, Católica y Apostólica. Ese destino nos atrae aunque no podamos ver todavía el carácter de esa unidad y el rumbo que ha de tomar. Durante los últimos 10 años se ha progresado mucho, tanto en nuestras conversaciones teológicas con otras iglesias como en la profundización de las relaciones vividas. La Resolución de 1988 de profundizar nuestro diálogo con las iglesias luteranas ha llevado al Acuerdo de Porvoo entre las iglesias luteranas de la regíon nórdica y báltica y las iglesias anglicanas de estas islas. Damos gracias a Dios por eso y nos sentimos muy complacidos de contar con un número de obispos luteranos de esas iglesias con nosotros. Nos regocijamos también en la continuidad del diálogo teológico entre ECUSA y la Iglesia Evangélica Luterana de América y nos complace advertir así mismo los movimientos hacia la unidad entre luteranos y anglicanos en África y Canadá. En verdad, si uno mira al panorama internacional de nuestras relaciones con la Iglesia Católica Romana y la [Iglesia] Ortodoxa o, en este país, a las que tenemos con los moravos y los metodistas, hay mucho que celebrar en el viaje ecuménico de mayor cooperación, profundización de la amistad, consultas francas y diálogo teológico creativo y convergencia. Mucho queda por hacer, pero nadie puede negar el progreso que juntos hemos hecho. Es una señal del poder del Espíritu de Dios obrando en medio nuestro.
Pero, y este es mi tercer punto fundamental, hace falta también una renovación de nuestra misión. Hace diez años, esta Conferencia lanzó la invitación a hacer de los noventa una década de evangelización. Fue un llamado inspirador y necesario, especialmente orientado por nuestros hermanos africanos. Ahora, mientras viajo a través de la Comunión, resulta claro que muchas provincias han respondido brillantemente a esa invitación, con energía y entusiasmo y podemos apuntar algunos éxitos significativos según nos hacemos receptivos a un proceso de renovación.
Por ejemplo, hemos concluido al fin la incomprensible división planteada por algunos de obligarnos a elegir entre "misión y evangelización". Ahora se nos hace claro que no existe ninguna alternativa. Es misión y evangelización. Somos llamados a proclamar a Cristo y existimos para la misión. La tarea más restringida de hacer discípulos y de conducirles al bautismo está correcta y propiamente situada dentro de la tarea de compartir la misión de Dios con el mundo entero. �Cuánto conmovió mi corazón hace tres años uno de los obispos sudaneses hoy aquí con nosotros, que habló del problema de predicar el Evangelio en los campamentos de refugiados en las afueras de Kartum, que mi esposa y yo visitamos con él. "Vea usted, Arzobispo", dijo con alguna vacilación, "nosotros tenemos un dicho: 'los estomágos vacíos no tienen oídos'" Este tipo de compasión es fundamental a cualquier expectativa de la misión de una Iglesia transformada. La gente necesita ser alimentada tanto física como espiritualmente, y una Iglesia que existe para Dios en su mundo debe prepararse no sólo a divulgar el Evangelio sino también a presionar para que se tomen decisiones sobre los grandes problemas que confronta nuestro mundo, tengan que ver con la Deuda Internacional o con el Medio Ambiente. Eso es parte de lo que ha de inclurise en la misión de Dios y es algo que abandonamos a nuestro riesgo.
Pero la evangelización tampoco debe evadirse, aun si nosotros, como anglicanos, la hubiésemos encontrado bastante difícil en el pasado. Somos llamados a ser evangelistas en la tradición de Agustín, el primer Arzobispo de Cantórbery que vino a este país con temor y humildad hace 1400 años. Nuestro mensaje apostólico, en las palabras de Pablo en 2 de Corintios es decir a todo el mundo: "reconciliaos con Dios".
De manera que también hemos estado aprendiendo que el amor es el ingrediente más importante si deseamos ser misioneros y evangelistas eficaces. Existen técnicas de evangelización, de seguro, pero el "carisma" del amor es el principal canal a traves del cual vendrá la mayoría de los conversos. Vendrá a través de la devoción del culto, del amor y la amabilidad que les brindemos a los que buscan con vacilaciones la fe. Tal como el antiguo Primado de Canadá, Ted Scott, escribió: "Nada es realmente cierto a menos que el amor participe de ello". Palabras repetidas por el poeta anglicano de Gales, R.S. Thomas, que, reflexionando sobre los peligros del evangelismo sin amor, escribió:
"Me escucharon predicar el único Evangelio
del amor, pero nuestros ojos jamás se encontraron".
El evangelismo agresivo e insensible, o proselitismo, jamás ha sido nuestro estilo, y Dios nos libre de adoptarlo; pero el amor a los demás es por seguro donde comienza el verdadero discipulado. Y si somos evangelistas vacilantes, entonces comencemos por amar al mundo por amor de Cristo, y dejemos que nos lleve a compartir lo que ese amor significa en un mundo que está hambriento de él.
Déjenme afirmarle también la importancia de "lo local" en la tarea de la misión y la evangelización. Quiero afirmar y alentar a las provincias a continuar desarrollnado sus propias tradiciones y a expresar su culto y su fe en su propia cultura. Con frecuencia he dicho, en broma por supuesto, a esas provincias influidas por la Iglesia inglesa en el siglo pasado: "�Sean menos inglesas! Sean más africanas o asiáticas o sudamericanas. �Dejen que sus propias tradiciones, su música y sus modos de adorar enriquezcan su vida!" Y me alegro mucho de que eso está ocurriendo y de que nosotros, aquí en esta parte del mundo donde la Iglesia se encuentra más establecida, donde el cristianismo se arraigó primero, estemos empezando a aprender de sus experiencias, según vemos vuestra fe, vuestra alegría y vuestro amor por nuestro Señor. Facultando y celebrando lo local enriquecemos a la totalidad.
Creo que también estamos empezando a aprender cómo una Comunión que evangeliza y dialoga permanece junta. Por primera vez en la historia de la Conferencia de Lambeth habrá una plenaria específicamente dedicada a nuestras relaciones con el Islam, y me alegra que representantes de otras fes estuvieran presentes en nuestro Oficio de Apertura. No puede haber ninguna duda de la importancia del diálogo y la cooperación interreligiosa, para la paz y bienestar del mundo. Es importante también -al tiempo que algunos de los presentes compartan con nosotros sus propias experiencias- para aquellas provincias donde los cristianos están en minoría y donde, a veces, ser cristiano es enfrentarse a la persecución.
Pero el diálogo, la cooperación y la amistad con aquellos de otras fes no tienen que atenuar el impulso misionero. Mi trayectoria personal en las relaciones interreligiosas en los últimos años ha producido una rica cosecha de aprecio por lo que tenemos en común con las personas de otras fes. Cuento a muchas de ellas como amigos. Pero esto no compromete la especificidad de la revelación cristiana. Mantenemos a Jesucristo como el único Salvador del mundo e invitamos a todos a honrarle como Señor porque esa una fe que nos fue dada para compartirla. Somos llamados a no excusarnos respecto a las demandas de Cristo. Ese es nuestro mensaje y ese es el tuétano transformador de la doctrina de la Iglesia.
Por supuesto, el modo en que damos testimonio de nuestro Señor depende mucho del contexto en que nos encontramos, pero lo que es fundamental a todos los contextos debe ser una invitación a considerar las demandas de Cristo. Y eso significa a su vez respeto y diálogo con los que no estamos de acuerdo.
No habrá ninguna Iglesia transforrmada y ninguna misión renovada si para citar a R.S. Thomas una vez más: los ojos no se encuentran en amistad, en acogida, en comprensión y en bondad. Ciertamente, no escapó a varios de los padres de la Iglesia primitiva que "Chrestos" -bondad- tenía tan sólo una vocal de diferencia con "Christos", Cristo, el ungido. Respeto, cortesía, bondad y gentileza son parte de las verdaderas estructuras de una fe a través de la cual la gracia de Dios sale a relucir.
Pero mi cuarto y último punto es éste. Como pueblo llamado por Dios a desempeñar un oficio particular en su Iglesia debemos procurar la renovación de nuestra vocación. Porque como líderes, podemos funcionar como una barrera o como un canal. Si no somos transformados, colectiva e individualmente, mediante esa práctica constante de gratitud hacia un amoroso y soberano Señor, Su visión para Su Iglesia y Su pueblo nunca se convertirá en una realidad. Hace diez días tuve el inmenso privilegio de develar las estatuas de diez mártires del siglo XX que ahora forman parte de la fachada occidental de la Abadía de Westminster. Algunos como Janani Luwum, Martin Luther King y Oscar Romero ejercieron un liderazgo en nombre de muchos. Otros como Esther John, Manche Masemola, Wang Zhiming o Lucian Tapiedi son poco conocidos fuera de sus propios países e iglesias. Sin embargo, todos tuvieron una muerte de mártires, y todos supieron lo que era ser un siervo de Cristo y un canal eficaz de su Espíritu.
Una de las esperanzas de esta Conferencia es que a través del consejo y el aliento mutuos, y de compartir las expectativas para la promoción del reino de Cristo, lleguemos a ser canales más eficaces a través de los cuales opere el Espíritu de Dios. Y eso significa enfrentar el desafío de la renovación y la transformación de nosotros mismos. El nuestro ha de ser un ministerio de servicio, siguiendo el modelo establecido por nuestro Señor al lavarle los pies a sus discípulos. En ocasiones, podemos estar tentados por un oficio ennoblecido por los atavíos de las vestimentas y el elaborado ceremonial. Algunos han llegado a identificar el episcopado con un arrogante estilo de liderazgo autocrático. Pero nunca debemos evadir los auténticos desafíos del liderazgo episcopal. Porque ese desafío es seguir a nuestro Señor en tal sencillez de discipulado que nuestra bondad, nuestra santidad, nuestra humildad estén a la vista de todos.
Advertí que, en la respuesta regional de la Provincia de África Central, se cita esta declaración del obispo Michael Nazir-Ali: "debemos orar intensamente para que humildes hombres y mujeres de Dios surjan como líderes cristianos -líderes cuya autoridad se derive de su humildad y servicio; que persuadan pero no obliguen; que liberen a los cristianos para ejercer los dones que el Espíritu Santo les ha dado; que hagan el Evangelio atractivo para los millones que necesitan creer, pero que son escépticos de las estructuras de la Iglesia".
Juntos en esta Conferencia busquemos una nueva visión del liderazgo centrado en Cristo. Porque hay una verdadera gloria en tal liderazgo -y yo la he visto una y otra vez cuando he viajado por la Comunión Anglicana. El servicio humilde, sacrificial y devoto prosigue. En nombre de toda la Comunión Anglicana quiero decirles, mis hermanos obispos, gracias. Gracias por entregarse ustedes mismos de manera tan plena y completa a Dios. Gracias por los modos en que sirven a Su pueblo. Que el ejemplo de esos mártires, y de los muchos otros que, a través de los siglos, han dado sus vidas a Cristo y por Cristo continúe inspirándonos.
Así pues, mis hermanos y hermanas, este tema de la transformación, ya sea de nuestra visión, o de nuestra Iglesia, de nuestra misión o de nuestra vocación, debe ser fundamental para todo lo que hagamos juntos aquí en este lugar. Le doy gracias a Dios por el don de la comunión, y especialmente por el Don de nuestra Comunión. Con tantas amenazantes divisiones en nuestro mundo, y la cólera, el odio, la desconfianza y el cinismo que socavan la verdadera comunidad, disfrutemos de nuestra hermandad y de la vida como un don del bondadoso y generoso Dios a quien adoramos. Atesorémoslo y hagamos buen uso de él durante estas preciosas tres semanas.
Más allá de todos los excelentes elementos que integran nuestra Conferencia y el Programa de los Cónyuges; el culto, el estudio bíblico, el trabajo en equipo, los seminarios, el trabajo de las secciones, la fraternidad, las plenarias, las reuniones, el comer y el beber, en esto consiste y perdura el fin último: que Dios es y en él radica el triunfo y la victoria. Tristemente, el mundo, e incluso algunas partes de la Iglesia, han perdido de vista esa expectativa última y animadora de que nosotros, y todas las cosas, no somos los casuales peones de un universo fútil que se acabará con un gran estallido o un sordo gimoteo. Más bien, debemos recordarnos constantemente que un día, como en la visión de Ireneo, Cristo será todo en todos.
El Evangelio es acerca de una vida nueva y verdadera; acerca del poder que creó el universo y levantó a Cristo de los muertos; acerca del poder que promete la transformación de nuestro mundo, de nuestra Iglesia y de todos los que nos reunimos aquí. Esa es la convicción fundamental sobre la cual se asienta esta Conferencia. Esa es la certeza en base a la cual llevaremos a cabo nuestro trabajo durante las próximas tres semanas. Ese es el glorioso poder en el cual regresaremos a nuestras iglesias y al mundo en el cual vivimos. Ojalá que podamos mirar al futuro con esperanza y declarar con Juan que Dios hace y hará "nuevas todas las cosas".